Opinión

Diana Gámez escribe que en 14 años se desarrolló, en formato gigantografía, “el ego de Evo”. “Tan grande, como para ordenar la edificación de su propio museo para honrarse a sí mismo y practicar el culto a su personalidad”.
Prosas apátridas, del peruano Julio Ramón Ribeyro, es para esos que creen impertinentemente que la cotidianidad también es susceptible a ser contada con sus matices, contradicciones y genialidad.
Pretendió un cuarto mandato y llamó a un plebiscito para modificar las normas que lo impedían. Fracasó en su intento. Los bolivianos dijeron no va más. Pero Evo no les hizo caso y el Tribunal Constitucional en otra de sus originalidades resolvió en base a una decisión de la Corte Interamericana.
La cultura escrita que definió a los intelectuales se ha visto desplazada por la hegemonía de la cultura audiovisual, transformando con ello la forma como se generan y distribuyen las ideas, sostiene nuestro columnista en su más reciente entrega.
Usan como carnada la aparente necesaria igualdad social y económica, aunque saben bien que es inalcanzable. Igualdad que luego irrespetan cuando muestran su verdadera faz de asaltantes de los más desposeídos.
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