Si se cumplieran al menos en un 10% las promesas que, hace 20 años, les hicieron a los indígenas venezolanos “vivirían mejor que en Finlandia”, considera Diana Gámez en su más reciente entrega.

Creo en c, quien en un acto de valentía leyó un comunicado en la Asamblea Nacional donde denunció la violencia del régimen en contra del pueblo pemón. El mismo que suma mayor indefensión a su atávica vulnerabilidad, frente al totalitarismo socialista que se llena la boca con el pajonal de la defensa de los pueblos originarios, y maquillan la Constitución con una palabrería comunistoide, que reconoce tanto su existencia como sus derechos políticos, sociales, culturales, de salud, educación y económicos. Léase usted el capítulo VIII denominado De los derechos de los pueblos indígenas para que se entere de las promesas de cumbiamberas que les hicieron a los indígenas venezolanos hace 20 años. Si se cumplieran en un 10% ellos vivirían mejor que en Finlandia.

Los territorios ancestrales de la etnia pemón se encuentran en el castigado y expoliado estado Bolívar, y esa es hoy una maldición tanto para ellos como para el resto de quienes aquí subsistimos. Donde somos silentes espectadores de la depredación, perpetrada por un régimen que destruyó todo cuanto estaba en la superficie y ahora va por lo que reposa en el subsuelo. Una vez finalizada aquella revolucionaria misión, centrada en lo material, la cáfila nefaria apunta a lo inmaterial. Ahora quieren que todo aquello que se aloja en el espíritu -la virtud, el brío, el ingenio, la vivacidad, la inteligencia, el humor, la agudeza, el ánimo- se extinga, se difumine.

Inferimos que a la camarilla en el poder le conviene que los venezolanos nos convirtamos en una manada de zombies. Quieren entes sin alma, esclavos que sólo escuchan la voz del amo. En dos décadas han avanzado bastante y ahora el énfasis está colocado en los pueblos ancestrales, que son unas 30 comunidades, ubicadas esencialmente en los estados Bolívar, Zulia, Amazonas y Delta Amacuro, con una población decreciente por la precariedad en la que sobrevive.

Hoy centramos nuestra atención en la comunidad pemón, un pueblo amenazado por funcionarios del régimen, que deberían protegerlos. Pero estos compatriotas viven en territorios que han desatado la codicia de la cúpula dominante. Esa que ya ha raspado la olla montada en el fogón de los petrodólares, y ahora su avaricia los encamina hacia aquellos lugares donde el oro, el diamante y otros minerales como el coltán les garantiza mayor riqueza sin el menor esfuerzo. De paso, están blindados por su condición de funcionarios -armados y uniformados- sólo al servicio de sus inagotables ambiciones.

No sé qué lectura hacer del mandato oficial según el cual este territorio se encuentra controlado por la FANB. Pero lo que no requiere mayor competencia lectora, porque está de anteojito, es que esta etnia nunca había sido tan hostigada y vulnerada, tanto que los asesinatos son cada vez más frecuentes. El último dejó un número aún incierto de muertos. De todas maneras, ya Provea ha ofrecido algunos nombres de las víctimas.

Mientras tanto, la macolla regional y nacional amenaza, intimida y deja sentada, con meridiana claridad, su condición de enemiga -con licencia y armas de reglamento- de nuestros pueblos originarios. En Ikabarú, por ahora, fueron ejecutados estos venezolanos: José Perera, Jeremy Muñoz, Luis Fernández, Richard Rodríguez, Leslie Basanta, Cristóbal y Cristian Barrios y Edison Soto.

Estos y otros asesinatos han provocado la estampida de los pobladores de Ikabarú, quienes abandonan sus casas y negocios y se desplazan hacia la capital del municipio Gran Sabana, Santa Elena de Uairén, y también se van a territorios brasileños como Villa Pacaraima o Boa Vista para preservar su vida.

La Comisión de Pueblos Indígenas de la Asamblea Nacional recibió a representantes de la comunidad pemón, quienes hablan abiertamente de genocidio. El diputado Virgilio Ferrer hizo referencia a la leyenda negra de la conquista española: “Resistimos el embate de la colonización y hoy este gobierno, a través de un genocidio constante y permanente, quiere exterminarnos para apoderarse de nuestras riquezas”.

Walter Torres, capitán de la etnia pemón de Parkupi, eleva el tono de su convincente voz, para señalar al Gobierno nacional como responsable de la masacre de sus hermanos, y denunció que lo único que reciben de Noguera son amenazas, lo que demuestra que el militar tiene de justo sólo el nombre.

Agridulces

La hegemonía mediática de esta satrapía no ha impedido que sepamos que Javier Maroto es un diputado español muy respetado en la madre patria. Sus intervenciones son escuchadas con respeto por todo el arco parlamentario de su país. Entró a Venezuela como turista para defender la democracia y la libertad en la AN, lo que desató la furia de los parlamentarios peseuvecos, quienes en 20 años han aprendido a levantar la mano y a aplaudir, rabiosamente, al padrote de turno.

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