Como venezolana de estos tiempos me permito cuestionar el papel del premio Nobel Pablo Neruda, quien sirvió lacayunamente al comunismo soviético. Lo que copia otro Pablo, de apellido Iglesia.

Por un puñado de dólares la sensibilidad de cualquier izquierdoso se pone al servicio de un paraíso socialista, ubicado al otro lado del charco, mientras los nativos de aquel edén sufren una tragedia que se profundiza cada día que pasa. Es una transacción crematística entre una tiranía que gasta ingentes cantidades de recursos en hacer lobby para implantar matrices de opinión favorables, y un grupete de ñangarosos que venden su alma al diablo y no tienen el menor reparo en defender a un régimen que destruye la vida de un pueblo, mediante la represión, la miseria, el hambre y la exclusión.

Por supuesto que esta no es una originalidad del socialismo del siglo XXI. Desde 1917, la Unión Soviética, en su afán de apoderarse del planeta montó un partido comunista hasta en el más apartado villorrio del mundo. Para lo cual reclutó activistas, políticos, adoradores de la naciente URSS, izquierdosos de toda ralea, revolucionarios, guerrilleros, fundamentalistas, estudiantes y, claro, encumbrados escritores e intelectuales, que cumpliesen la doble tarea de ser ellos mismos la más afamada personificación de la ideología y ser, al mismo tiempo, difusores del comunismo allí donde llegasen o estuviesen.

Stalin que era un georgiano sin luces, pero dotado de una proterva e infame condición, entendió que no debía ahorrar en el costoso lobby de estas figuras. Eran muchas, pero puedo nombrar a J.P. Sartre, a Simone de Beauvoir, André Malraux, Romaind Rolland, George Bernard Shaw, Ernest Hemingway, Andre Gide, Louis Aragon, Dashiell Hammed, Liliam Hellman y hasta Bertrand Russel. El propósito esencial fue crear: “una vasta red de propaganda que despertara y canalizara solidaridades hacia la URSS, cercada por las potencias capitalistas”.

Esto último nos resulta muy familiar, porque el propósito de la dictadura castrocomunista de Venezuela es exactamente el mismo. Sólo que hoy los medios de comunicación social al tiempo que son usados para la propaganda, también exponen -de cuerpo entero- a los servidores de estos regímenes y sus verdaderos intereses. Como venezolana de estos tiempos me permito cuestionar el papel del premio Nobel Pablo Neruda, quien sirvió lacayunamente al comunismo soviético. Lo que copia otro Pablo, de apellido Iglesia y la camarilla que le rodea. Cada vez más disminuida, porque Podemos se ha auto rebanado hasta convertirse en una flaquísima caricatura.

Son los mismos que se presentan como una casta superior -moral, política e intelectualmente- con amplios méritos y sobradas cualidades para dirigir la cuarta economía de Europa, como es España. Al ver, desde este lado del charco, el montaje de estos últimos tiempos, debo decir que lo único que dan es pena ajena. La comedia que desplegaron con Pedro Sánchez para formar un gobierno de “izquierdas” -en plural como le gusta a la progresía española- dejó una sensación de fracaso, de cosa fallida, que en lo personal celebro, pues fue lo mejor para aquel país. También su ambigüedad con relación al problema catalán es ostensible, y hasta los que estamos en esta colonia castrista, sabemos que los “podemitas” apoyan al secesionismo más radical que incendia las calles de Cataluña. Como siempre, son parte del problema y no de las soluciones.

Son un problema para los demócratas venezolanos, que debemos ser espectadores silentes de cómo cada uno de los fragmentos de Unidas-Podemos defiende a capa y espada a la trápala que destruye a Venezuela. A Pablo Iglesia igual que Juan Carlos Monedero, a Ramón Espinar, Irene Montero, Alberto Garzón, J.M. Sánchez Gordillo les importa un carajo el sufrimiento del pueblo venezolano, incluidos los peseuvecos que también son martirizados por el atajo de corruptos que desgobiernan este expaís. Ellos siguen recibiendo lo suyo, por amparar, apoyar y justificar a una dictadura hambreadora y represiva, que jamás aceptarían en España.

Ni siquiera el “moderado” universitario Iñigo Errejón tiene la decencia académica de aceptar que en Venezuela existe una tiranía dura y pura. Arguye que la realización de ruedas de prensa, por parte de la disidencia venezolana, constituye una evidencia del carácter democrático del régimen. Que para Errejón no sólo es convincente sino suficiente, para expedirle un certificado de buena conducta a su amigo y benefactor: un liberticida confeso que, orgulloso, exhibe sus manos manchadas de sangre. Y es que a esa izquierda le gusta demasiado el rojo, aunque provenga de cuerpos masacrados y torturados.

Agridulces

Este despotismo iletrado es absolutamente depredador y nuestro estado Bolívar es su víctima preferente después de haber acabado con Pdvsa. Como si no estuviesen conformes con la destrucción de las empresas básicas, ahora enfilan sus demoledoras baterías mineras, contra aquellos territorios que albergan sus riquezas naturales en el subsuelo.