La pregunta es a quién se favorece y a quién no. Todavía estoy buscando en Shakespeare ¿o en Bertolucci? un equivalente al cinismo de Johnson contra la parlamentaria que fuera asesinada por un fanático en el 2016.

Hace varios años le preguntaron a Tony Blair sobre los insultos de Hugo Chávez en su contra, y el entonces aún primer ministro del Reino Unido respondió que los ataques de Chávez le recordaban las burlas detestables que debió enfrentar durante su educación secundaria.

Parecía un comentario sin trascendencia, pero no. Ocurre que Tony Blair estudió en el mismo colegio internado donde también estuvieron David Cameron y el actual primer ministro, Boris Johnson, un semillero de burlones de clase alta. Resulta que a causa de las despiadadas burlas de Johnson en días recientes, este colegio ha sido nuevamente blanco de críticas. De allí han egresado algunos pseudoadultos que se dirigen por vía expresa al mundo de la política.

Hace varios años, en esta columna reflexionaba sobre cómo las instituciones moldean ciertos liderazgos, y en ese entonces me refería a qué se podía esperar de una institución militar como la venezolana, que aún se resistía a llevar el calzado democrático. Liderazgos autoritarios con desdén por el conocimiento y la sabiduría, ese era para mí un código deplorable en un representante o gobernante democrático. Y es ese el liderazgo que está montado en Miraflores hoy en día, junto a una izquierda adolescente que lo que sabe de economía es volar oleoductos.

En esta ocasión recojo la misma línea de ideas para referirme a la burla como un arma tan mortal como la daga, y para al mismo tiempo repensar los contextos brutales donde la burla se incrusta y crece. En instituciones donde se sabe de antemano que van a germinar los poseedores del poder político o militar de un país, el ambiente competitivo puede ser feroz. Depende de cómo sea la visión de esa institución, el comportamiento “exitoso” para sobrevivir en ella podría ser la burla o la daga, da lo mismo. Aunque daga y burla siempre estarán presentes como armas, el problema radica es cuando éstas se erigen en primera opción y despachan así a todas las demás. Una institución puede efectivamente erigir el liderazgo de la arrogancia y del ganar o arrebatar.

Es muy culto y entretenido, Boris Johnson. Cuando habla, se nota su manejo de los clásicos y en sus más sofisticadas burlas, emula los diálogos de William Shakespeare. Para eso le ha funcionado su formación académica. Hay personajes en el teatro de Shakespeare que con sólo insultar sepultan. Calumnias ensordecedoras, amenazas, chantajes, engaños con medias verdades, toda la gama de acciones y sus correspondientes mensajes son mostrados por el dramaturgo. Pero no hay libro inmune a las malas intenciones, sino revisen la película La naranja mecánica de Stanley Kubrick. La pregunta es a quién se favorece y a quién no. Todavía estoy buscando en Shakespeare ¿o en Bertolucci? un equivalente al cinismo de Johnson contra la parlamentaria que fuera asesinada por un fanático en el 2016.

Se sabe que no es lo mismo cuando las burlas van dirigidas al poder brutal o ilegítimo, que cuando van hacia los más afectados. Lo dicen los teóricos de la risa, insultar al débil no es humor. Pero en estos tiempos de democracias vulnerables, vemos cómo la risa fácil le ha hecho el juego al populismo. Con el objeto de distraer, cómo hay políticos que trivializan los asuntos de interés público con chistes. El objetivo es sacar a los demás del medio y mantenerse en el poder.

Quienes se preocupan por el asunto de cómo se crea un liderazgo, se preguntan, por ejemplo, sobre cómo Barack Obama o Ángela Merkel desarrollaron habilidades para negociar, llegar a acuerdos y resolver problemas reales. A diferencia de quienes se han educado en instituciones cerradas donde solo se conoce un tipo de gente, ellos se formaron y trabajaron en instituciones más plurales y diversas. Ángela Merkel creció viendo el muro de Berlín, y fue ésta una presencia implacable sobre qué ocurre cuando la política no funciona. Sabe ella demasiado bien las estadísticas de la historia, el riesgo de las escaladas de resentimiento y odio en su continente. Cuando muchos van, ya Ángela Merkel viene de vuelta. Por otra parte, Obama es heredero de la lucha por los derechos civiles y está mentalizado para la resistencia y su determinación para resolver problemas.

Ellos son un ejemplo, los hay otros, de cómo liderar una nación requiere de habilidades sociales para mantener los compromisos, colaborar, resolver. Es un trabajo de adultos reales el estar al frente de un equipo, tener el poder intelectual para conectar variables y tomar decisiones. Saber escuchar a los representados, conocer el terreno donde se pisa. Y en este mundo tan interconectado, cultivar la empatía y la tolerancia.

Pronto Merkel no será gobernante y hay quienes ya la echan de menos. Se preguntan si el modelo de liderazgo será este de quien quiere resolver todo rápido, mareando a la gente por las redes sociales, mientras los problemas siguen carcomiendo el bienestar de las naciones. Se pregunta uno cuán instalada estará esta moda de la risa fácil, el odio fácil y las burlas infames. La carnavalización de la política. Líderes huecos, tontos útiles y sin bagaje real para enfrentar problemas.